No todo pueden ser carcajadas y felicidad en esta nueva vida nuestra. El día comenzó con algunas nubes en el horizonte, pero sin llegar a tener gran importancia.

Esperar al técnico de la compañía de teléfonos y bajar a la calle a saludar y a conocer a mis tres nuevas vecinas, que como cada jornada salen a pasear por los senderos, ocupó toda mi mañana.

La más joven de ellas debe rondar los 60. La mayor supera los 70. Se trata de tres hermanas que me recuerdan mucho a las tres hadas del cuento de "La Bella Durmiente". Sin embargo, éstas no se llaman Flora, Fauna y Primavera, sino que sus iniciales son -siguiendo un orden cronológico- O, H y M.

Doña O es mi prefe. Me pareció una mujer dulcísima, muy emotiva y algo charlatana. Viuda desde hace más de 9 años, regresó a Tenerife al morir su esposo, tras pasar casi cuatro décadas en Venezuela. Ahora vive volcada en su familia y su perrito.

Doña H es la más simpática. Parece ser de esas personas que no puede parar quieta y con ánimo para todo. Aguda en sus comentarios, tirando a veces hacia la ironía y la mordacidad, se me antojó ser poseedora de una personalidad muy interesante. Su casa es la más cercana a la nuestra.

Doña M es la más observadora y gordita. Tal vez por ser la más joven es también la más "fijona". Es la única a la que pillé en varias ocasiones escudriñando mi vestuario. Supongo que unos leggins grises, un vestido cortito y un tanto escotado de algodón también gris, unas botas de treking y un enorme y comodísimo chubasquero de mi Espanyol querido, le llamaban mucho la atención.

Recordad muy bien a Dola O, Doña H y Doña M porque me da que os las nombraré más de una y más de dos veces en el futuro.

Ellas fueron las que me contaron una atrocidad ocurrida en esta casa y que ha marcado nuestra tarde. Hablando de los anteriores dueños -dos parejas de ingleses que acabaron como el rosario de la aurora entre ellos y que nunca llegaron a vivir de un modo más o menos definitivo en esta vivienda- me dijeron que habían dejado abandonado a un perro grande y que suponían que habría muerto de hambre o sed porque un día dejaron de oir sus ladridos y lamentos. ¿Cómo se puede cometer tal barbaridad con un bichito? ¿Por qué nadie saltó los muros de la casa o las vallas de la finca para socorrerle? ¿Es posible que a nadie se le ocurriese echarle algo de comer por encima de las paredes del jardín y lanzarle unos buenos manguerazos?

Tamaña crueldad taladraba mi mente una y otra vez cuando mi padre y mi amor de vidas llegaron de que éste se empadronase en nuestro nuevo ayuntamiento. Le comenté a mi progenitor lo del perrito. "¿Quien te lo dijo?", respondió al instante. Por lo visto mis padres y mi amor de vidas lo sabían y conociéndome como me conocen no me dijeron nada. Al limpiar el jardín, los jardineros encontraron el cadáver de un pastor alemán ¡ENCADENADO! a uno de los árboles. De haberlo visto el día que vine a visitar esta propiedad, seguramente la habría descartado y puede que ese descarte hubiese sido un error colosal después de lo ocurrido hoy y que os relataré a continuación.

Tiemblo, me enervo y me escalofrío sólo de pensar en el terrible sufrimiento que tuvo que soportar el animalito por culpa del egoísmo, la desidia y la maldad de unos horrendos humanos que, para más inri, se auticalificarían como sus dueños. ¿Cómo se puede abandonar y dejar morir a un ser vivo que sufre, desesperado, aterrado y solo?

Mis padres se fueron y nos quedamos con el amable y simpático técnico que nos instaló el telefono en un visto y no visto. Tras comentarle todos los problemas que la empresa que todos conocéis nos puso con respecto al ADSL en esta zona, nos dijo que para nada, que conoce a mucha gente por esta área y concretamente a alguien que vive aún a mayor altura que nosotros -rondamos los 1000 metros de altitud- que tiene contratada un mega, que no es mucho, pero sí que es mucho más de lo que dispongo ahora con el portátil.

Tras su marcha, me fui al jardín. Una vez allí, volví a pararme en una esquina donde ayer sentí que debía fijarme en algo. Observé las plantas entonces y vi cómo una hiedra gigantesca estaba sepultando, casi literalmente, a la mitad de un gran drago. Intenté reconducir a la opresora en otras direcciones y liberar así al dragón verde. Pero para lograrlo del todo tenía que encaramarme en una escalera de mano y les tengo pánico, por lo que preferí esperar a comentárselo a mi amor de vidas. Pero se me olvidó.

Entonces apareció él y le comenté lo del drago. "Por cierto -le pregunté- ¿no sería por aquí donde estaba el pobre perro?". Bajé la mirada hacia la base del tronco del árbol y unas claras marcas de cadena respondieron a mi pregunta. Ese lugar había sido donde el malogrado can había sufrido hasta morir, supongo que de sed.

Me agaché, pese a que los jardineros le habían comentado a mi padre que habían retirado sus restos y que los habían enterrado en su propio jardín, puesto que también ellos adoran a los animales, algo me decía que aún estaba allí el perrito. Y casi sin tener que observar demasiado, di con una pata trasera. En su mayor parte, ya esquelética, me recordó a esos huesos jamoneros que salen a la luz tras las fiestas navideñas. "Tenemos que enterrarle. Tenemos que brindarle el tributo que merece", le dije a mi amor de vidas.

Cargados con la pala, nos dirigimos hacia nuestra finca. Allí, entre cuatro árboles, cavamos un hoyo. Comenzaba a chispear, pero continuamos.

Me acerqué hacia la enredadera que puebla gran parte de uno de los muros. Está rebosante de preciosas flores y corté unas cuantas. Nos fuimos turnando al cavar. La lluvia empezó a arreciar. Me recordé a mí misma, cavando y enterrando a mi Misha, el primero de mis gatos, hace ya más de 12 años, un día lluvioso, en pleno monte de La Esperanza.

Mi amor de vidas fue a por aquella pata que tanto gritaba sin emitir ruido alguno. Como nos temíamos, había más: una mandíbula, con unos dientes y colmillos muy limpios, que me dijeron que se trataba de un perro aún joven y sano y una matita de pelo negro como el carbón, yacían junto a la pata, entre la hojarasca.

Me fue imposible no romperme en mil lágrimas al pedirle perdón en voz alta por los que otros "humanos" como yo le habían hecho. Mis manos temblaban sin cesar al dejar caer sobre aquellos huesos las flores que antes habían cortado. "Deberíamos darle un nombre para poder referirnos a él de una forma concreta al recordarlo", comentó mi amor de vidas. Pensé durante unos segundos. Recordé aquel pelo tan negro. "Anubis, llamémosle Anubis", le respondí.

Anubis se ha convertido en el guardián espiritual de nuestra huerta de frutales. A él le hemos encomendado su vigilancia, mientras el cielo, que había amanecido de un azul turquesa espectacular, se abría en millones de lágrimas que todavía caen sobre esta isla y que según me han contado, han inundado bastantes rincones de su geografía.

Ojalá algún día pueda abrazarte y mimarte como merecías y te negaron.

Puede que tuviera que comprar esta casa para enterrarte en ella rodeado de amor, respeto y ternura.

Tan sólo por ello vale la pena haber venido.

Que tengas buena noche, Anubis. Cuida de Rocky, de tu huerto y de nosotros. Descansa en paz.